
“La vegetariana”, una de las novelas más conocidas de la ganadora del Nobel de Literatura en 2024, Han Kang, nos presenta a Yeong-hye, un ama de casa cuya decisión de dejar de comer carne tras una serie de sueños inicia un viaje inquietante y profundo. A través de su transformación nos confronta con preguntas sobre qué significa ser humanos en un mundo violento. Sobre esta novela comparte sus reflexiones la lectora Luisa Briones.
A veces lo mismo que Yeong-hye, yo también quisiera convertirme en un árbol.
Contada en tres partes, la primera narrada por su esposo, nos dibuja a una mujer surcoreana simple, que no destaca por su belleza, sus opiniones, inteligencia o aportación económica, alguien que, en palabras del esposo, resulta cómoda. Al mismo tiempo él se narra a sí mismo, nos deja ver sus inseguridades, deseos, miedos y necesidades no satisfechas en una sociedad que le requiere en cierta posición que le exige tener una mujer que cumpla ciertos estándares, mismos que Yeong-hye con sus formas de no-ser le dan la certeza de que cumple con lo necesario para mantenerse en buen camino, hasta que de manera súbita aparecen los sueños. Una noche, Yeong-hye se encuentra de pie ante el refrigerador y en el piso, rodeándola, todos los paquetes de carne. Ella le explica que no quiere volver a comerla, que no quiere volver a soñar. Es aquí donde el punto de quiebre empieza; poco a poco se niega, no solo a consumir carne, sino también a tener contacto con su esposo. «Hueles a carne», es la razón más válida que encuentra ella para no tener ningún tipo de contacto con él. Este, por su parte, se niega a aceptar su comportamiento y la obliga a cumplir con lo que le corresponde, exponiéndola no solo a los alimentos, sino a una sociedad que no se permite escuchar el doloroso silencio del otro, sino que, preocupado por la falta de normalidad, intenta encajar las piezas que ya no encajan.
Así llegamos a la segunda mirada sobre Yeong-hye desde su cuñado, un artista que erotiza la marca mongólica de nacimiento que ve en ella cuando, en el hospital, la carga desnuda. Su perspectiva nos regala instantes de poética fragilidad del cuerpo que habita nuestra protagonista; debo decir que esta fragilidad es justo lo que aprovecha el personaje para sumir todavía más a Yeong-hye en su necesidad de conectar con la naturaleza, con su anhelo de no sentir, de volverse un árbol que vigila y se ancla a la tierra para no sentir más dolor. Es sorprendente la narrativa de Han Kang en esta segunda parte, donde de una manera bella, narra el dolor y la necesidad de desconexión de cuerpo y mente de una mujer con su entorno.
Esta desconexión permite que el cuñado de Yeong-hye sobrepase los límites morales de su relación, justificado en su mirada artística, y termina por resquebrajar la poca conexión que quedaba de Yeong-hye con la realidad.
Es aquí donde la voz narrativa de su hermana mayor, Inhye, se presenta y nos regala la mirada que muestra la infancia de Yeong-hye, quien ya desde niña denotaba rasgos sensibles, no solo de carácter sino también de su percepción del mundo. Inhye además se narra a sí misma y su propio cuerpo a través de los cuidados que le proporciona a su hermana, en este pasaje la autora nos regala pinceladas de la cultura coreana, lo que la estructura social de ese país representa para las mujeres y qué significa habitar un cuerpo femenino.
La vegetariana es una novela que explora la resistencia de lo femenino en el mundo a través de las miradas y necesidades de los otros; es un texto que invita a cuestionar sobre la narrativa que construimos de los otros a través de nuestras experiencias y necesidades.
La navegante literaria:

Luisa María Briones Gómez (Lu). Cuando era estudiante de Ingeniería, leí que Feynman definió que un sistema no tiene una misma historia, sino todas las historias posibles, lo que me llevó a relacionar mi propia constitución como un sistema de ideas que se ha construido a través de las historias que voy leyendo, desde la ciencia ficción hasta los romances de época, sin discriminar artículos, cómics o novelas gráficas; todo lo que cae en mis manos me cuenta no sólo cómo está construido el mundo de fuera o el mundo de las posibilidades, sino elementos de mí que todavía no conozco.
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