
El jardinero y la muerte
Gueorgui Gospodínov
La enfermedad fuerza a que se den conversaciones no mantenidas, la intimidad aplazada. De pronto, la persona a tu lado —cuya presencia has dado por inalterable— empieza a brillar con su mortalidad, se vuelve traslúcida y frágil. El hilo de su vida se alumbra como esas telarañas bañadas por el sol que solo se hacen visibles en otoño.
En El jardinero y la muerte, Gospodínov escribe la muerte como ese tiempo suspendido en el que el padre aún está, pero ya comienza a irse. La enfermedad irrumpe como una luz incómoda: ilumina lo que siempre estuvo ahí y no quisimos mirar. Abre un espacio frágil donde las conversaciones pendientes se vuelven urgentes y la intimidad, antes postergada, se convierte en necesidad vital.
Aquí la enfermedad no funciona como símbolo literario. No embellece, no enseña lecciones, no convierte a nadie en mejor persona. Obliga a mirar y a sentir. El padre pasa de ser una figura estable y fuerte a un ser vulnerable que necesita cuidado, algo profundamente abrumador para quien enferma y para quien cuida. En este caso, la identidad del hijo tiembla. Cuidar a un progenitor implica invertir el orden, adentrarse en territorios incómodos y desconocidos. El hijo se convierte en testigo de la fragilidad de quien alguna vez fue sostén.
El libro atraviesa el territorio poco nombrado del duelo anticipado: el dolor que comienza antes de la muerte. El padre aún respira, habla, pero se despide en fragmentos. Este tipo de duelo no permite rituales claros. No hay cierre, solo una convivencia constante con la pérdida en proceso. Gospodínov escribe desde la imposibilidad de seguir como antes, porque una vez que se habita el umbral de la pérdida, no hay marcha atrás.
Quizá lo más bello y dulce del libro es que el amor no se nombra en grandes declaraciones. Se expresa en actos mínimos: acompañar, cuidar, limpiar, esperar, estar. El cuidado como una ética cotidiana, cansada y profundamente humana. No hay nada heroico en cuidar, sino agotamiento, ambivalencia, culpa por querer huir y, al mismo tiempo, fidelidad radical.
Escribir es la forma de resistencia que encuentra Gospodínov frente a la desesperación de ver cómo su padre se va poco a poco. La escritura guarda, ordena, intenta dar forma a lo que se deshace. Este libro no pretende cerrar el duelo, sino acompañarlo.
Como el jardinero del título, el narrador cuida algo que sabe no podrá conservar para siempre.
“Mi padre era jardinero. Ahora es jardín.”
La navegante literaria:

Luisa Guadarrama, psicóloga clínica e instructora de yoga terapéutico. Siempre acompañada de un libro, viajera, exploradora de sitios literarios, incorpora la literatura como una vía de reflexión y sensibilidad, integrando sus lecturas en la comprensión del mundo interno y de los procesos psicológicos. Es amante de los perros y habitual visitante de cafeterías por las mañanas.
Café La Fauna es un lugar para compartir un buen momento tomando café, comiendo o buscando libros en su sala de lectura. Visítala en Morrow 8, Cuernavaca Centro.